sábado, 9 de marzo de 2019

Cetrería y aviación

Alumno de FPB del IES SJdD con un águila
Las aves rapaces o de presa parecen ser lo más alejado de lo que comúnmente entendemos como animales domésticos. Pensamos en ellas como animales completamente libres, desligados de las tareas productivas de la ganadería y tampoco parece su carácter corresponderse con el tierno cachorro o cariñoso minino que se acurruca a nuestros pies ni con el pajarillo que trina a la salida del sol.
No obstante; han acompañado al hombre desde antiguo, fundamentalmente en labores cinegéticas a la que se entregaron con pasión reyes y nobles en todo el orbe.
La cetrería permitía obtener carne de aves, principalmente palomas, o de pequeños mamíferos, sobre todo liebres, para complementar una dieta que, hasta tiempos no tan pretéritos, era muy escasa en proteína animal. Para los nobles, al igual que hoy la cetrería no es más que actividad de ocio, si bien desempeña un importante papel en algunas comunidades asiáticas donde aún sirve como elemento de status social y posee un arraigo cultural destacado.
Sin embargo, hoy en día, el uso de las rapaces halla su expresión más valiosa en el mundo de la aviación.
Las colisiones de aviones con aves no son algo nuevo. De hecho, las rutas comerciales evitan los recorridos migratorios de las aves, pero, aun así, en el año 2012, tan sólo en los EE.UU. hubo más de 10.000 incidentes en los que distintos tipos de aeronaves colisionaron con distintas especies voladoras. Más allá del riesgo para las vidas humanas, hay que añadir el coste en material, así como en retrasos y cancelaciones de vuelos.
Veamos algunos datos, un poco antiguos, pero que nos permitirán hacernos una idea de la magnitud del problema: entre los años 1990 y 2007 en los EEUU el número de choques con aves pasó de 1.738 a 7.439. Estos choques causaron más de 3.000 aterrizajes forzosos, 1.442 despegues abortados, 312 motores desechados además de otros 1.162 con diversas averías.
Desde 1.960 hasta mediados de la década de los 2.000, también en los EEUU 25 aviones se estrellaron debido a la colisión con aves.
Los aeropuertos son por definición lugares despejados que atraen a las aves. La proximidad de los hangares también les resulta atractiva. Además, muchas pistas están construidas cerca de reservas naturales, cerca de ríos o próximas al mar, lugares todos ellos con potencial para atraer aves de gran tamaño, que son, en general, las causantes de los principales problemas: grullas, flamencos, gansos, etc.
Muchas y variadas técnicas se han implementado para minimizar este problema: sonidos de predadores, láseres, espantapájaros, etc. la inmensa mayoría ha fracasado porque las aves se habitúan a ellas y, con el paso del tiempo, pierden efectividad. Algunas autoridades aeroportuarias han decidido directamente eliminar a buena cantidad de aves de sus alrededores, con el consiguiente daño medioambiental y protestas ciudadanas.
Así que, a día de hoy, el método que resulta más eficaz, duradero y que está en uso en multitud de aeropuertos en todo el mundo es contar con la presencia de halcones. La vieja cetrería ha hallado su espacio en el mundo actual y lo hace para garantizar algo tan moderno, y necesario, como un vuelo seguro.
El método fue ideado por el naturalista español Félix Rodríguez de la Fuente y se instauró por primera vez en el aeropuerto de Torrejón en 1968.
Curiosamente, el ave idónea para esta función es el halcón. Algunos estudios con águilas demuestran que éstas son menos eficaces. Parece ser que la velocidad del halcón le hace ser temido por todas las aves.
Se permite a los halcones hacer vuelos controlados sobre las pistas aeroportuarias. Los halcones son predadores y, por ello, temidos por el resto de aves, pues saben que pueden convertirse en parte de su dieta. Si hay halcones, el resto de aves desaparece y eso permite a los aviones despegar sin riesgo de tragarse en sus motores una bandada de patos o estorninos que podría tener consecuencias letales en pleno despegue.
No termina aquí sin embargo la relación de los halcones con la aviación, ni mucho menos.
Protuberancia en la fosa nasal del halcón

El halcón peregrino es el animal más rápido del mundo. Cuando cae en picado sobre sus presas puede llegar a alcanzar velocidades de 320 Km/h. Ahora bien, esta velocidad también tiene sus riesgos: el aire podría penetrar su aparato respiratorio con una presión enorme y hacer estallar los pulmones de la rapaz en pleno vuelo. La naturaleza ha dotado a estas aves con una estructura nasal, un pequeño hueso que, a modo de cono, desvía el aire, aminora su velocidad y permite al cazador respirar normalmente incluso en su vertiginoso descenso.
Los aviones supersónicos también se enfrentaron a un problema similar: al alcanzar altas velocidades el aire deja de entrar en los motores, los rodea y el motor se gripa al encontrarse sin flujo de aire. Para evitar este problema, los ingenieros se inspiraron en la anatomía nasal de esta rapaz y adoptaron el mismo sistema: un cono que modifica el flujo del aire para que éste circule tal y como precisa el funcionamiento correcto de la máquina.
 

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